Mad Max: calentando motores


14 de Mayo de 2015
por Iñaki Ortiz

Este viernes se estrena la esperada cuarta entrega de Mad Max, 30 años después de que la saga pareciera no ir más lejos. Y no solo es esperada por nostalgia, la película está teniendo unas críticas inmejorables. Las tres primeras entregas tenían cada una un estilo y tono completamente distinto, lo que nos deja la duda de por dónde irá esta nueva entrega. De momento, vamos a hacer un repaso de cómo fueron.

Mad Max Fury Road


Mad Max, salvajes de autopista

La primera película es la más extraña, quizá la que más personalidad tiene, y es, posiblemente, la única que ofrece un arco para el protagonista. El universo que plantea es algo indeterminado. Se trata de una distopía en la que hay escasez y es difícil mantener el orden; pero no es tan claramente postapocalíptica como las siguientes, donde queda claro que ha habido un holocausto que ha dejado muy poco de la civilización. En esta primera entrega sigue habiendo restaurantes, apartamentos, instituciones. Y sobre todo, está ambientada en Australia (tanto que la película fue doblada en USA por miedo a que el acento no se entendiera). Es una Australia asolada por la delincuencia de gamberros violentos. Un tipo de villanos punk muy propio de los años 70, la anarquía amoral propia de un deterioro de valores. Como los ultraviolentos jóvenes de La naranja mecánica; como los peligrosos delincuentes de Asalto a la comisaría del distrito 13, como las bandas de Juez Dredd (cómic reciente en aquel momento). Como en aquellas viñetas, unos pocos justicieros tienen que hacer valer la ley en un futuro que se ha ido de las manos.

Mad Max 1

Aunque si hay un precedente que considero claro, más que por género, por tono, es el de Los coches que devoraron París, una de las primeras películas de Peter Weir. Aquella también nos muestra una Australia extraña, perdida, sumida en cierto caos, con ciudades aisladas en un gran territorio, y sobre todo, con una importante presencia del motor. Mad Max, en su primera entrega nos presenta esas señas de identidad de su país. Por eso consigue un universo tan extraño y poco imitable -esta ha sido quizá la entrega menos influyente- porque es una esencia desorbitada de algunas cuestiones puramente australianas. Un western ballardiano -luego volveré sobre esto en serio- en una tierra que tiene sus propias normas dentro del género, tan necesitada del motor en mitad de las grandes nadas.

Como decía, es la única que tiene un verdadero arco en el personaje. De hecho, es la que nos muestra como se convierte en el Mad Max del título. El problema es que los hitos tienen demasiados amagos, la evolución se dilata innecesariamente, y el personaje no termina de conseguir el carisma que en las secuelas tiene desde el primer minuto. Lo cierto es que, a diferencia de las siguientes, esta primera entrega tiene mucho de drama, casi costumbrista, todo lo que puede ser una obra de ciencia ficción. El conjunto es irregular, pero el planteamiento es tan extravagante que su personalidad lo compensa.

Mad Max, el guerrero de la carretera

Esto ya es otra cosa. La solidez y la plasticidad de esta secuela hacen de ella una obra redonda, que ha sido el gran precedente del cine postapocalíptico. Concretamente, de ese universo asolado por una guerra definitiva que ha devuelto al ser humano a otro tiempo. Esa combinación de futuro -con elementos tecnológicos futuristas o al menos presentes- con construcciones sociales del pasado. Algo que puede enlazar con tiempos indeterminados como los de la épica fantástica (Conan, etc). Hacer una película de este tipo es hacer una película estilo Mad Max 2. Aún hoy, en ejemplos tan improbables como el Noé de Aronofsky podemos ver referencias. Empieza con una introducción deliciosa, algo barroca, que nos cuenta el final de nuestro tiempo. Después nos escupe a un desierto polvoriento, donde se rebañan las latas de comida para perro y se aprovecha hasta la última gota de gasolina. La metáfora es licenciosa porque obvia las cuestiones de supervivencia más básicas, como la alimentación, pero no importa. Una alegoría para referirse a un problema propio de su tiempo: el mundo estaba sumido en la crisis del petróleo de 1979. En pocos minutos nos sitúa en ese mundo.

Mad Max 2

Me refería a la anterior entrega como western ballardiano y prometía volver sobre ello. Como sabréis, J. G. Ballard es un novelista, principalmente de ciencia ficción. Aunque su característica más significativa es imaginar mundos de asfalto y metal. En cine, tenemos el ejemplo de Crash de Cronenberg, que no era ciencia ficción pero sí muy cacharrera. El futuro de Mad Max 2 es así, con metal feo y sin un ápice de hierba. Ballard definió la película como “la capilla sixtina del punk”. No le falta razón, tanto en el sentido de excelencia, como en el valor icónico de sus imágenes. Te transporta a ese universo, y dibuja unos villanos punk como nuevos señores feudales.

Si la primera era un western, esta lo es aún más. Un forastero que llega al pueblo y los indios acechando. Toda la recta final parece traducida directamente de la secuencia climática de La diligencia. Pura acción primigenia rodada con mano firme. Spielberg estudió La Diligencia para rodar Duel, y se diría que aquí George Miller la hubiera estudiado también, o hubiera estudiado Duel, en cuanto al uso del camión. La fuerza de sus planos de enaltecimiento de Mel Gibson recuerdan a lo que hacía Ford con John Wayne en aquella película. El conjunto es compacto y trepidante, y sin necesidad, como decía antes, de un arco para el personaje, que no cambia un ápice su interior. Una historia de situación sencilla al más puro estilo Carpenter.

Mad Max 2: villanos

Mad Max 3: Más allá de la cúpula del trueno.



Parece dos películas distintas. La primera mitad, una versión de la segunda parte, con esteroides, mucho más loca, más apocalíptica -hasta el agua tiene radiación. Con personajes grotescos como Master-Blaster y por supuesto, la presencia entre gloriosa y ridícula de Tina Turner. Más precariedad energética y una especie de Jericó del futuro. Rozando el ridículo, aguanta, hasta que se convierte en otra cosa. Contaminada por el cine ochentero en auge, pasa a ser una mala copia del cine infantil típico de Spielberg. De hecho, rueda como él, ahora más descaradamente que en la anterior entrega. En muchos movimientos de cámara, en el uso del sonido, en la dirección de actores, recuerda enormemente a El templo maldito. La película se descompone, pasa a ser un divertimento de niños peleones, al gusto de la época y se queda, básicamente en nada, en sonrojo. Quizá Miller quiería rodar cine infantil, pero no era la película indicada para ello. Después ha tenido ocasión, en sus tres últimas películas, Babe, el cerdito en la ciudad, y las dos partes de Happy Feet. Esperemos que se haya quedado satisfecho y para esta próxima entrega vuelva a la acción para adultos.

Mad Max 3 con la chavalada

Veremos.




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