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Crítica de la película The Tattooist por Keichi

Bajo la superficie, solo hay carne


3/5
26/10/2007

Crítica de The Tattooist
por Keichi



Esto es una precrítica. El crítico aún no ha visto la película. Si quieres saber más sobre esto accede aquí: ¿Qué es una precrítica?.

Carátula de la película Una vez más, nos toca hablar de Nueva Zelanda como productor de cine fantástico y de terror. La verdad es que ya cansa repetirse tanto y tener que hacer de nuevo la referencia a Peter Jackson y a Black Sheep, pero eso solo puede significar una cosa: Que cada vez más producciones del país llegan hasta nuestras pantallas. Quizás llegue el día en que lo exótico de su procedencia deje de imprimirles ese aura de rareza. En esta ocasión, el responsable de la película es un tal Peter Burger, un hombre curtido en el mundo de la televisión pero sin experiencia previa en el del largometraje. Lo más sorprendente resulta encontrar a Jonathan King -precisamente director de la citada película de ovejas asesinas- a cargo del guión, junto a un desconocido Matthew Grainger.

Un rápido vistazo nos permite desterrar la idea de que nos hallemos ante una nueva comedia negra. En efecto, The tattooist se presenta a si misma como un thriller sobrenatural cuyas reminiscencias nos transportan innegablemente a los entornos del país que lo ha producido. A pesar de recurrir a referencias culturales innegablemente exóticas, lo cierto es que la figura del tatuador es todo un clásico dentro del relato de terror, aunque aquí aparezca camuflada como si, efectivamente, una serie de grabados en tinta ocultaran su verdadera naturaleza. Del reparto actoral, el más conocido es sin duda Jason Behr, típico actor de series de televisión que, poco a poco, comienza a abrirse paso en el mundo del cine. El resto de intérpretes son ampliamente conocidos en su país de origen y proceden igualmente de la pequeña pantalla, destacando la presencia de la actriz Mia Blake.

Frente a propuestas más arriesgadas como La criatura perfecta, el cine de Nueva Zelanda también tiende a producir films más convencionales, camuflándolos bajo unas características que, lejos de ser propias, beben de los clásicos universales del cine de género. La resolución correcta de este tipo de temáticas pasa por mantener un ritmo muy alto durante todo el metraje o bien no abusar de la credibilidad del espectador. Por desgracia, da la impresión de que esta producción entre Nueva Zelanda y Singapur parte con unas pretensiones comerciales enormes y en absoluto desenfadadas. A pesar de las apariencias, es más cine de palomitas que una película de autor hecha y derecha. Con todas las consecuencias que eso supone.




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