Crítica de la película No habrá paz para los malvados por Iñaki Ortiz

Detalles que importan


4/5
17/09/2011

Crítica de No habrá paz para los malvados
por Iñaki Ortiz



Carátula de la película Hay muchos directores españoles (y de otras nacionalidades) que copian sin miedo los esquemas del cine estadounidense, pero sólo algunos pocos, como es el caso de Enrique Urbizu y, por ejemplo, también Alex de la Iglesia, saben adaptarlo a nuestro terreno. El comienzo de esta película no está lejano del de Torrente, un policía acabado devorando alcohol. Lo hace en un bar sin glamour, en una tasca. En ambas películas el costumbrismo español está muy presente, pero eso no impide a Urbizu conseguir un tono serio, de manera que consigue un arranque con una potencia brutal en el tiroteo del club.

La dualidad entre género y costumbrismo está muy lograda. El género está no sólo en la trama policiaca, violenta y negra. Lo vemos en ese policía de barba descuidada al que casi podemos oler el aliento a ron y tabaco. En esos antros mugrientos, en la condición marginal de los personajes. Y a su vez, esa mirada realista tan difícil de conseguir. Esa manera de mostrar la vida privada de los personajes, no sólo en la llamada de la jueza a su casa para hablar con su hijo en medio de la investigación, no; es que si atendemos bien veremos que desde el principio en su fondo de escritorio del ordenador hay un dibujo de su hijo. ¿Y el viejo tópico de entrar en una casa con la linterna en la mano para conseguir atmósfera? El protagonista busca primero los mandos de la luz, como haría cualquiera. El confidente que ha salido en series de televisión y frecuenta gimnasios. Todo eso está ahí, muy cuidado. Como los diálogos, naturales, a medida de cada rol.

La película se mete en cuestiones mayores al abordar el tema del terrorismo y, como telón de fondo, el problema de la globalización - cuestiones claramente relacionadas. Pero Urbizu no quiere ir más allá, lo deja de fondo, y por supuesto huye despavorido de cualquier desenlace heroico antiterrorista en el último segundo de una cuenta atrás. La película es otra cosa, es un José Coronado inmenso con una imagen poderosísima degollando y disparando su escopeta indiscriminadamente para conseguir un objetivo que ya no consigue vislumbrar. Un perro herido, sucio y abandonado, que lucha hasta su último aliento y que acaba como empezó, con el dedo en el gatillo de un revolver.



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