Crítica de la película Corazones de acero por Iñaki Ortiz

El horror es emocionante


4/5
16/01/2015

Crítica de Corazones de acero
por Iñaki Ortiz



Carátula de la película

Sobrecogerse por el horror o disfrutar de él. El eterno dilema del cine bélico, entre el drama y la acción. Antes estaba más o menos claro. Había películas claramente antibélicas, que mostraban la miseria y la muerte, el sinsentido de la guerra, como Senderos de Gloria, por poner un ejemplo paradigmático. Por otra parte, el cine de aventuras bélico, de escaramuzas, de comandos, como Los cañones de Navarone o 12 del patíbulo. Cada vez es algo más difuso y creo que la cosa se empezó a torcer con la sobrecogedora primera parte de Salvar al Soldado Ryan. Aquel desembarco era incuestionablemente honesto con las penalidades de la guerra, pero al mismo tiempo, y seguramente de forma involuntaria, Spielberg consiguió un espectáculo fascinante. Tanto es así que hasta inspiró una trepidante pantalla del Medal of Honor. Y es que el horror es emocionante.

La nueva película de David Ayer es cruda hasta el extremo. Nos muestra la guerra como un lugar que apesta a sangre y vómito, donde la desesperación es la norma y la muerte el estado más probable. Es un universo donde atenuar al máximo los principios es la manera de funcionar, incluso de sobrevivir. Matar y violar es parte del día a día. Cuerpos calcinados y almas perdidas. No esconde ni uno de los horrores de la guerra ni pretende adornar la oscuridad de sus protagonistas. Se cuida bien de ensuciar los rostros, con el hollín y la grasa del monstruo metálico. La guerra mancha, la piel y el espíritu, y es difícil de limpiar.

Es, claramente una película antibélica. Sin embargo, sus escenas de batalla son apasionantes, espectaculares, no tan lejano de la inmersión de un videojuego como el que he nombrado antes. De hecho, ya en la anterior película del director, Sabotage, hice referencia a los videojuegos realistas de primera persona. David Ayer se mueve de maravilla con la artillería pesada, con el detalle del fuego de los diferentes tipos de munición, con los proyectiles antitanque rebotando en la carrocería, con el sonido de los vehículos moviéndose con pesadez. Con todo el trabajo en equipo necesario para matar con precisión. La estrategia, los mapas. De alguna manera, hay una doble idea: la guerra es terrible, pero si fuera un videojuego en el que nadie se hiere, sería de lo más divertida. Esta es también la dualidad de cualquier género violento. El mejor trabajo que he tenido.

Este doble juego entre el suspense de género y el drama bélico, consigue crear una sensación de inquietud, de cierta angustia en el ambiente, de desagrado (en el buen sentido). Fury es una película densa, pesada, molesta (nuevamente, en el buen sentido). Como el tanque, va dejando huella en el camino. Por otra parte, se permite incluir toda una larguísima parte sin acción, con las dos mujeres, en la que el ritmo cambia pero no se resiente, porque la inquietud y la degeneración no se diluyen.

Es en la última media hora, cuando la ambigüedad se rompe en favor del heroísmo, cuando la identidad de la película se desdibuja y no termina de funcionar dentro del conjunto. Por otro lado, una potente resistencia épica, con un plano final majestuoso. Se convierte en la historia de una resistencia espartana, con ese microuniverso que es el tanque, como una roca desde la que luchar, como un hogar y como una forma de vida.

 



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