Rocky, guste más o menos, es un personaje de gran calado popular, lo que significa que, a sus innegables defectos de construcción, debe tener algunas virtudes dignas de considerar. El potro italiano se ha convertido, con el paso del tiempo, que todo lo deforma a su conveniencia, en un personaje entrañable en la historia del cine y merecía un buen final. Es esta una película tranquila en su mayoría, reflexiva dentro de lo que puede ser el cine comercial en su concepto más amplio, es evidente que Stallone no posee la sutilidad de los grandes directores pero, porqué no decirlo, apunta unas maneras correctas de hacer las cosas. La sensiblería, el americanismo, son cosas que evita de manera notable, y a fe que no era fácil dado los precedentes. En su lugar se nos propone un ejercicio de rebeldía ante una sociedad que aparta a los mayores como si fueran trastos inútiles ya que los valores de la inmediatez que imperan no dejan ver más allá. Es como si en ‘la Balada del Narayama’ la protagonista se hubiera rebelado y hubiera dicho ‘a la montaña te vas tú, majete’. Y Rocky hace lo que hacen los boxeadores, boxear, porque es lo suyo y es lo que le gusta, y porque aún se siente con fuerzsa para hacerlo. Toda esa experiencia que cotidianamente se deshecha por no provenir de gente que tiene una licenciatura pero sí toda una vida de calle, que vale más que mil carreras trilladas se torna aquí en una fuerza inspiradora. Porque, como otros mitos, lo que la revolución social es cosa de los jóvenes, cuando la mayoría de la población no lo es una mentira con alevosía, si no que se lo digan a Rocky.Atención al último combate.Trepidante.No es una obra maestra ni de lejos, pero sí una película entretenida, bien hecha