Crítica de la película La mala educación por Iñaki Ortiz

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5/5
24/03/2004

Crítica de La mala educación
por Iñaki Ortiz



Carátula de la película Inicialmente el título de esta película iba a ser “La Visita”, sin duda mucho menos comercial y atrayente, pero mucho más adecuado. Hubiera redondeado más el maravilloso juego de la historia dentro de la historia, como sí de las meninas se tratase, que se despliega en esta película. La acción entra tranquila como en las de antes, con una escena sin aparentes dobleces, con esa visita del pasado, mostrándonos los que parecen ser unos comunes personajes, un inicio convencional del cual comprobaremos no ser ni inicio ni convencional. Pues sin saberlo, lo que parece ser un claro inicio de los más habituales sería un momento muy avanzado de la trama.
He de comentar que al igual que en la película, en mi postcrítica el título debiera ser otro:

Las Matrioshkas rusas

Almodóvar no deja de ser quien es, y vuelve a la carga, con sus travestíes en pleno espectáculo llenos de detalles fetichistas que sin duda hacen las delicias de su propio director, y es que él va a ser parte de la película. Nos cuenta la historia dentro de la historia para decirnos algo así como “esta historia interior es tanto a la historia global como la global lo es a la completa realidad”, y lo dice porque así lo desea, ni es verdad ni es mentira, sólo porque es un juego. Y nos cuenta la que pudo ser pero no es, su revancha hacia los curas. Porque Ignacio es una parte de sí mismo, de un Almodóvar que de joven escribió el relato “La Visita” para vengarse.


Las Matrioshkas rusas o la revancha

Todo es sutil. Porque él es un cineasta y no un documentalista, porque no quiere recrearse en la dureza, y sobre todo porque puede. Puede convertir el canto de un niño en un grito de terror. Puede convertir los baños en un rincón de la intimidad de cada uno, donde dejamos entrar a quien queremos o a quien irrumpe en ellos incapacitándonos para siempre. O una capilla convertirla en un infierno. Pero no hay venganza en sus imágenes, sólo tristeza, melancolía.


Todo termina con la violencia de ese cura asesino que gira cuellos, demasiado exagerado para ser algo más que una imaginación en la película.


Una imaginación de Enrique, el Velázquez dibujado en el cuadro, a quien incluso Almodóvar deja rodar una parte de su película. Interpretado por Fele Martínez, un actor capaz de ser el marginal personaje de Tesis como el refinado director underground que es en esta película. Acompañado por Gael García Bernal, que ha dejado olvidado su acento en Méjico y que se adapta de maravilla a ser chico Almodóvar, ¿a quien representa? ¿Existe ese actor que se dedica ahora a las series? Y por otro lado, viendo la lascivia con la que trata Almodóvar a este chico uno no puede no pensar en su personaje y lo que hace por conseguir el papel. Por último, aunque no por último, Javier Cámara, magnífico como siempre. Actores de los de verdad.

Almodóvar juega con todo, juega con los guiños a sí mismo, juega con sus actores, con la espléndida banda sonora (y en banda sonora incluyo el terrible MoonRiver), juega con su compositor Alberto Iglesias haciéndolo pasar por un Bernard Herrmann con más sensibilidad y menos tensión, claro está, en esos grandes títulos iniciales. Juega con el agua y juega hasta con los cuadros de la puerta del garaje, pero lo mejor de todo, juega con el tiempo y con las tramas. Transforma a los personajes de unos roles a otros como si del Vértigo de Hitchcock se tratara. No busca el desorden para asombrar al público como pudiera hacer Iñárritu, sino todo lo contrario, ordena la película de la manera que le parece más adecuada para saborear al máximo cada momento sin más información de la que debemos poseer. Juega con los homenajes al cine negro. Juega con las palabras y nos dice “Parece que todas las películas hablan de nosotros” y no lo dice para ese caso particular, sino como la maravilla que es el cine que siempre nos sirve para aplicarlo a nuestras vidas, quizá el aspecto que a mí, personalmente, más me interesa del séptimo arte. Entre tanta historia rocambolesca a veces hasta nos podemos reconocer en el espejo del fondo, detrás del pintor, pues aunque con disfraces a veces grotescos, este pintor nos está retratando a nosotros. Almodóvar nos demuestra una vez más que después de más de cien años de cine, no todo está inventado, se puede seguir creando. Y nos da su visión del creador que se tira a los cocodrilos y los abraza porque lo que realmente le gusta es recrear sus oscuridades. Y sobre todo Almodóvar nos regala, sin restricciones, como la ha hecho siempre, toda su Pasión.


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