
Exceptuando la breve aparición en "Un largo domingo de noviazgo", Jodie Foster llevaba tres años sin asomarse a las pantallas de los cines, desde la magnífica "La habitación del pánico". Y, la verdad, es que vuelve con fuerza y garra en una película en la que se erige como estrella mediática y absoluta.
Su nombre, generalmente, está asociado a buenas elecciones, se suele decir que Jodie Foster no acepta cualquier tipo de papel, y que todas sus películas rezuman calidad. Desgraciadamente, mucho me temo que esta vez no va a ser el caso, y que la película se va a quedar en un floja.
Nos va a pegar a la butaca con un fogonazo de interés concentrado en una premisa argumental de aúpa, para envolvernos en una interpretación intensa y con grandes reminiscencias a "La habitación del pánico" por parte de la Foster. Un sinfín de primeros planos, que se agradecerán, pero que a medida que avance la película los tomaremos como vía de escape de un director que no es capaz de alimentarse más allá de su star y su guión con tres giros.
Lo peor de todo es que empezará intentando emular al gran maestro Hitchcock, para terminar llegando a la conclusión de que lo mejor es que se limite a poner la cámara en todos los ángulos posibles que permite un avión, eso sí, sin perder de vista a Jodie Foster.
Enseguida nos parecerá que Sean Bean nos oculta algo, porque su rostro es el de malo o bueno con maldad (Boromir en "El señor de los anillos") y quizá nos la jueguen con una vuelta de tuerca con el personaje de Peter Sarsgaard ("Kinsey", "Algo en común, "K-19"). Eso sí que ya sería la repanocha.
Y en la misma línea de querer y no poder más que engañar a través del libreto, se situará James Horner, que sólo es capaz ya de fotocopiarse con una música que acabará de comparsa de un guión de esos que acostumbra Hollywood: ilusionante hasta la primera media hora, y, de ahí, en barrena.
Pero, ¡qué placer es ver una película con Jodie Foster y argumento novedoso!
No se me alteren los de las últimas filas, que han visto "Alarma en el expreso".
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