13 Tzameti está hecha con cuatro duros. Con una cámara sucia, casi siempre cargada al hombro. Sin color. En un funcional blanco y negro. Se deja llevar por el Ãmpetu del principiante, y por momentos se detiene en cosas que pudo haberse ahorrado mientras que olvida otras que, quizás, podrÃan haber sido interesantes.
Y, por supuesto, por la propia naturaleza de su peculiar argumento, cae en un forzado puntito de reiteración, de repetición ineludible, cargando las tintas del suspense en los mismos elementos una y otra vez...
Aún asÃ, Babluani tiene el acierto de buscar otros encuadres, otros rostros, otras miradas, cada vez que ese juego de muerte vuelve a erigirse protagonista en la pantalla. Salvo ese planito de la bombilla, repetido una y otra vez. Nunca cambia. Aunque quizá sea muy necesaria esa reiteración.
Se le puede achacar a este talentoso debutante que el desarrollo del juego se vuelve pelÃn predecible, quizás, a partir de cierto punto, y que sabemos perfectamente cuál va a ser el contrincante que le va a tocar en suerte llegado el duelo final. Claro que lo sabemos. Aún asÃ, me alegra que haya tenido el acierto de no cerrar la pelÃcula precisamente con el cierre del juego.
Y es que si bien parece que la pelÃcula va siguiendo una delicada y fina lÃnea de anticlÃmax descendente según se acerca a su final, el delicioso tono de noir europeo, de noir sutil, Ãntimo pero siempre trágico, le da a su desenlace un sabor tranquilo, precioso y triste al mismo tiempo y, en el fondo, inevitable. No podÃa terminar de otra manera. Con esos primeros planos del protagonista sentado en el tren, junto a la ventanilla, con esas sombras tan difusas, tan clásicas... lo dicho, simplemente delicioso.
13 Tzameti está hecha con cuatro duros. SÃ. Y con un enorme talento. Por pulir, aún, pero talento. Ojito al amigo Babluani. Es un nombre a seguir.