Crítica de la película Eden Lake por Iñaki Ortiz

La violencia está sobrevalorada


2/5
04/11/2008

Crítica de Eden Lake
por Iñaki Ortiz



Carátula de la película Incluir más violencia en mayor cantidad o en mayor intensidad no hace mayor el drama. Esto no es una regla de tres. De hecho, muchas veces hasta corre en su contra. No da más pena un personaje porque el dolor sea mayor, ni da más miedo la sombra de este sufrimiento porque sea más hiriente. Simplemente genera un rechazo interior que sale de las tripas y que en última instancia se puede confundir con alguna otra sensación.

Es cierto que cada día estamos más insensibilizados ante la violencia y que para conseguir un impacto es necesario algo mucho más duro que hace 30 años. El problema es creer que basta con eso. Esta idea de aumentar el volumen de la violencia explícita para acrecentar la angustia y el drama está, desgraciadamente, cada vez más extendida. El nombre más famoso es Mel Gibson y sus dos últimas películas, pero en terror cada vez se hace más.

Otro aspecto de Eden Lake que también transcurre en la senda de un estilo muy cultivado en nuestros días es el del terror a través de mostrar la fragilidad de nuestro sistema. Una sociedad en la que todo funciona correctamente, en la que no tiene sentido que un hombre hecho y derecho tenga miedo a un grupo de chavales gamberros. Sin embargo, en un lugar alejado de la seguridad policial, del asfalto y los teléfonos, todas esas normas se van al garete. El año pasado tuvimos una película en la semana de terror de temática similar, aunque peor resuelta, Storm Warning. En ambas, la educación de las personas civilizadas y amables choca de lleno contra la crueldad y la agresividad en estado puro. Nuestros mecanismos sociales dejan de funcionar y eso es lo que provoca miedo. Quizá el mejor ejemplo sea Funny Games.

Está claro que la película nos habla de la educación de nuestros jóvenes. Primero por el demasiado evidente hogar desestructurado en el que viven, cuando esta simplicidad parecía superada con un Joker que se ríe de esta rígida causa-efecto. Pero también porque el mismo protagonista decide al comienzo no ayudar al chaval al que están molestando, quitándole importancia cuando es bien consciente de que sí la tiene. Esto me interesa más, porque sirve para denunciar con eficacia esta indiferencia y sobre todo para romper la autoridad moral de una futura víctima que es parte del problema.

La idea de mostrar, también al comienzo, la desaprobación de la pareja ante una madre que le da un tortazo a su hijo es una buena manera de promover la reflexión, aunque de una manera bastante parcial que no contempla el problema en su totalidad, lo enfoca más bien desde la derecha. En todo caso, es un punto de partida como otro cualquiera para reflexionar.

Lástima que todo eso se pierda en un mar de violencia gratuita, en situaciones exageradas y demasiado evidentes, en un final forzadísimo, incluso ridículo. Y en general, es una pena que nos lleve al aburrimiento en un juego del gato y el ratón demasiado prolongado, animado supuestamente por cuters, piedras afiladas y mucha sangre.



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