Crítica de la película Boyhood (Momentos de una vida) por Iñaki Ortiz

Los problemas crecen


5/5
12/09/2014

Crítica de Boyhood (Momentos de una vida)
por Iñaki Ortiz



Carátula de la película Richard Linklater, especialista en proyectos espaciados en el tiempo (la trilogía de Antes del amanecer), ha afrontado aquí el que posiblemente es su proyecto más ambicioso. Al rodar la vida de un chico hasta su edad adulta ha invertido 12 años de rodaje para no cambiar a los actores. No ha tardado en aparecer el debate de hasta qué punto, sin esta decisión, la película resultaría tan interesante o, incluso, si una forma caprichosa de rodaje debe ser un valor a tener en cuenta a la hora de valorar el resultado. Mi respuesta a esta cuestión es que no se puede separar el atrevido método de Linklater del resultado final.

La película está escrita expresamente para ser rodada así. En su tema central está la maduración, el crecimiento, y de forma más general, el efecto del tiempo en las personas. Las elipsis que constantemente nos hacen saltar un largo espacio de tiempo no son requisitos del argumento, no se trata de que el guionista necesite avanzar la historia un tiempo determinado para llegar a un punto. Estos saltos son la esencia misma de la película, y que el montaje sea absolutamente fluido es indispensable para percibir este paso del tiempo que quiere transmitirnos el director. Con un cambio de actor esta fluidez se resentiría, no lo percibiríamos de manera tan natural. La unidad que sirve de columna vertebral a esta serie de fragmentos de una vida dispersos en el tiempo, es tener siempre las mismas caras, sin maquillaje, sin cambio de actores; lo que nos ofrece un asidero al que agarrarnos en este viaje. La decisión de un rodaje espaciado en el tiempo es mucho más que una cuestión de método, es un valor palpable y enriquecedor en el resultado, por no decir que es absolutamente necesario.

Quizá el precedente más cercano, aparte de la trilogía del propio Linklater, puede ser la saga de Harry Potter, que aparece -dudo que por casualidad- un par de veces en la película. En muchas series de televisión hemos ido viendo crecer a los más pequeños; podíamos poner muchos ejemplos, pero uno doble es el de Los problemas crecen, donde además de ver la transformación durante la serie tenemos una intro que nos remite a esta idea. ¿Por qué entonces hablar en concreto la saga del famoso mago como referente? Porque cuando se inició ya había una intención a largo plazo de rodar todas las películas y que los actores fueran creciendo. Como en este caso, se planteó como un gran proyecto a largo plazo, con la diferencia de que lo hemos ido viendo en tiempo real, pero con los mismos riesgos: que los niños crecieran bien como actores y en cuanto a aspecto, y que no hubiera bajas en tantos años de rodajes. Como sabéis, la hubo, con el fallecimiento del primer Dumbledore, Richard Harris y su cambio casi imperceptible tras esa barbaza, por Michael Gambon. En Boyhood ha habido más suerte en ese sentido, aunque, al no mostrar el resultado total hasta el final, ha tenido más margen de acción.

Méritos aparte, la diferencia está precisamente en la percepción temporal del espectador. La diferencia entre ver un crecimiento a tiempo real como en Harry Potter o Antes del amanecer -benditos los espectadores que han crecido con la misma edad que los personajes- y ver todo el crecimiento en solo 3 horas. No es una cuestión solo de velocidad -uno podría ver la saga Potter en un maratón- sino de montaje. Boyhood está construido con fragmentos sueltos, sin una continuidad narrativa rígida. Salta de un tiempo a otro con flexibilidad, sin cerrar las pequeñas subtramas, ofreciéndonos un fresco de las vidas y no una trama como tal. Algo parecido a lo que hace Haneke -de forma más drástica y radical- en 71 fragmentos de una cronología al azar. O, si buscamos un ejemplo más cercano, las frescas elipsis de Frances Ha, que incidían en la verdadera importancia de la obra: mostrar la esencia del personaje y no en concreto sus subtramas.

Obviamente, no todo se queda en este especial experimento de tiempo, hace falta más. También tenemos la naturalidad y el realismo al tratar la vida de esta familia. Los pequeños detalles importantes en el crecimiento, los instantes de una vida. La manera anticlimática de tratar cuestiones dramáticas que consigue hacer que toda la experiencia sea más intensa -uno parece estar sentado a esa mesa presidida por un borracho maltratador. Tengo que hacer referencia nuevamente a Haneke, por su manera desdramatizada y sin adornos de tratar la realidad. Lo curioso es que, en cierto sentido, este parece el cine opuesto al suyo. Es un Haneke de gesto amable, de buen humor. Incluso en los aspectos más penosos de esta familia, la película tiene un tono dulce, desde su suave fotografía, hasta la banda sonora, pasando por la actitud positiva de la mayoría de sus protagonistas.

Un último punto para el reparto, parte esencial de este experimento. El niño y joven Ellar Coltrane, asume con afortunada soltura -podría no haber funcionado- un protagonista que sostiene toda la película. Ethan Hawke, que siempre es una garantía, está especialmente bien, con un personaje ambiguo, que es al mismo tiempo un padrazo y el peor padre posible, y que tiene una evolución que no solo se aprecia en sus arrugas, sino en un cambio total de tipo de persona. El ejemplo más claro del clásico "la gente cambia".

En definitiva, una obra tremendamente ambiciosa, que nos habla de los diferentes tipos de familias, de las relaciones de pareja, del nido vacío, de política, de la responsabilidad. Pero sobre todo nos habla de lo que supone crecer, madurar, enfrentarse al mundo.



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