Las proclamas filosóficas que se acercan de forma mÃnima en algunas conversaciones, más propias de conferenciantes, que de señores terroristas, no son más que el diálogo convenido que se une a una serie de imágenes más o menos bien tratadas, pero que pierden su fuerza cuando en los descansos, tras los nuevos objetivos, los secundarios en forma de franceses empedernidos mantienen a flote una trama apagada sin fondo y sin rima.