He de admitir que he dilatado en el tiempo la postcrÃtica de esta pelÃcula con el firme convencimiento de actuar como un exquisito bodeguero.
La primera sensación que tuve tras ver la pelÃcula no fue precisamente la del buen sabor de boca. El film me habÃa cautivado, sobre todo, por su última hora, pero no me habÃa gustado su desarrollo en la primera hora, excesivamente parsimoniosa, en una sinfonÃa en la que lo que sostenÃa mi atención era la fina ironÃa mantenida por Allen con respecto a la clase alta británica y la imponente Johansson.
Pero es a partir del momento en el que el protagonista decide deshacerse de esa primera hora cuando la pelÃcula remonta y adquiere grandes cotas de genialidad con escenas filmadas con impecable suspense (todo lo relacionado con la escopeta) o virtuosismo abigarrado (como el asesinato). Mi atención se dispara cuando la pelÃcula se renombra y decide ser aquello con lo que minutos antes sólo flirteaba.
El miedo que tenÃa tras el asesinato era más bien a que nos deparase Allen con un final más o menos convencional, tranquilo y satisfecho por habernos regalado escenas para el recuerdo. Pero no, el bueno de Woody tenÃa el cuerpo con ganas de más.
Lo realmente meritorio de esta pelÃcula es el rumbo que decide darle al final. No ya por enlazar perfectamente con el plano del anillo el inicio y fin de la pelÃcula. Tampoco por engañarnos y hacernos creer que iba a ser otro de esos tontos finales en los que el malo acaba siendo descubierto. Sino simple y llanamente por ser fiel a sà mismo y regalarnos una joya de pareja de detectives y un humor puñetero y negro como el más acérrimo de los británicos.
Una vez que el tiempo ha cepillado de mi boca el regusto amargo, sólo me queda el dulce de las cinco estrellas.