Pues sÃ, DÃaz Yanes ha querido coger a Alatriste y pintar un enorme fresco desde los años de esplendor español hasta sus primeros momentos de imparable decadencia. Y se ha olvidado un poco de aquello que relata la propia pelÃcula, voz en off mediante, en su arranque, cuando recuerda a aquellos hombres que formaron honrosa y suciamente los tercios españoles en Flandes: "esta es la historia de uno de esos hombres".
Son, quizás, los defectos de una pelÃcula que, no obstante, acumula más virtudes. Y es que Yánes, que no ha querido hacer una simple pelÃcula de batallas históricas, ha querido en su afán grandilocuente abarcar todas la novelas de Reverte y, afortunadamente, en esta especie de fresco de episodios casi independientes entre sÃ, muchos son, por propia fuerza argumental, más extensos y duraderos en el tiempo (y en el metraje). Asà se sitúa uno, finalmente, como espectador en la historia. Y acaba encontrando su sitio, sus intereses, sus personajes. Hay escenas con fuerza, con talento. Un talento que a veces resbala y tropieza, pero que cuando se mantiene en pie regala secuencias bellÃsimas, unas, o brillantemente agresivas, otras.
El capÃtulo actores podrÃa ser interminable (tantos son los nombres conocidos que participan). Desde luego la dicción de Viggo Mortensen no es demasiado castellana... pero no me molesta. Su presencia es casi animal, brutal, la pantalla se hace suya. Su poder es tal que acaba por ridiculizar a menudo los impotentes gestitos y actitudes de los supuestos galanes del cine patrio. En fin.
El caso es que Eduardo Noriega tiene un papel tan vacÃo como sencillo y, para lo poco que suelo apreciarle, reconozcamos que lo llena con estilo. No me gusta Unax Ugalde. Poco habÃa podido ver hasta ahora a este chico tan aplaudido. Será que es joven, pero le falta chicha por todas partes. Su papel de aprendiz que acaba asesinando a Malatesta termina en un soso de verbo susurrado (dicen que los actores flojos susurran en vez de hablar, para esconder asà la falta de naturalidad). Me gusta Elena Anaya. Me gusta Javier Cámara. Me maravilla Juan Echanove, con ese regalo de papel que le han dado. Y pido a gritos el reconocimiento que se merece, de una puta vez, Eduard Fernández (su muerte es una de los momentos más maravillosos de este Alatriste).
Al menos, no en donde yo pude verla. Un cine grandote; no como los de antes, pero de aforo amplio. Lleno hasta la bandera. En la capital. Y no hubo ni dios que no aplaudiera al final.