A la pelÃcula le chirrÃan, quizás, esos poquitos episodios en los que Ernesto 'Fuser' Guevara y su amigo el doctor Granado se encuentran con campesinos que les relatan como les han echado de sus tierras impunemente y como han sido literalmente abandonados a la pobreza. Digo que chirrÃan porque da la impresión de que esos personajes están puestos en el guión para soltar esa 'información' a fin de que cale hondo en la conciencia de Fuser. Aparecen, por corte, casi directamente declamando su desgracia con acentos bolivianos cuya tristeza contrasta con la alegrÃa del acento argentino de Guevara y Granado, terminan y listo. O casi casi. (Tan solo la primera pareja que relata sus desgracias a Fuser tiene un poco más de minutos en pantalla, con la escena en que esperan ser elegidos para trabajar en las minas.) Aún asÃ, es cierto que seguramente poco más contacto tuvo que tener Ernesto Guevara en su viaje... pero algo, algo, aunque sea un poco más... porque uno no cuenta sus desgracias, asà porque sÃ, al primero que se cruza en su camino.
La pelÃcula, esto es importante, acierta de pleno (aunque es cierto que la admiración que los responsables de la cinta sienten hacia la figura protagonista se hace evidente) en el retrato de Ernesto Guevara, en su toma de conciencia, en su evolución y, sobre todo, en su crecimiento hacia la madurez, que va de la mano con una adquisición paulatina de fuerza, carisma, capacidad de liderazgo. El que al comienzo de la pelÃcula es un chaval, un estudiante hijo de burgueses, tÃmido y que liga lo suyo pero mucho menos de lo que podrÃa, al final es perfectamente presentado como un joven consciente, comprometido, deciso, y con un magnetismo inmenso: es como un imán, todos le escuchan, todos le miran, todos le atienden, todos le hacen caso y todos le quieren.