Hasta tal punto llega esto, que hay minutos y minutos y minutos en los que Luthor no aparece, en los que Superman no salva a nadie, y en los que más parece que veamos una curiosa pelÃcula romántica en la que el galán va disfrazado de Superman. Será Halloween, piensa uno. Y continúo: hasta tal punto llega, que el cierre de la pelÃcula, el verdadero desenlace, está en ese erróneo suspense que Synger persigue con la posible muerte de Superman, la tristeza de ella, su beso, el beso del hijo, su resurrección, su primera lección paternal.
Spacey tiene poco espacio para crecer, Synger le da poco tablero donde jugar, pero aún asà su presencia produce en el espectador un aplastante sentimiento de respeto reverencial, casi. Con apenas dos detalles y dos gestos, la pantalla es suya.
Y Synger no se merece mi aplauso porque le responsabilizo directamente del naufragio intencional de la pelÃcula, pero salvo y subrayo su talento visual, sin lugar a dudas tremendo, muy potente. Desde algunos momentos cañeros, de pura acción, donde sabe donde atiborrar con cortes o donde hacer esperar al espectador con planos prolongados, hasta momentos aparentemente intrascendentes (encadena desde un plano de la gran ciudad hasta un interior, y consigue fundir, casi por arte de magia, la silueta de los rascacielos con estanterÃas llenas de libros; bellÃsimo).
Contento de haberla visto, y contento de haber visto algunas ideas e imágenes realmente buenas, salà de la sala con un leve sabor amargo. Superman es un producto complicado, para quien quiere darle calidad, pero este Superman sà podÃa haber sido algo mejor.