Esta es una de esas películas
experimentales, un artefacto explosivo al estilo del cine de Rosales,
que no teme aburrir al espectador, siempre que se mantenga fiel a su
planteamiento. En la película apenas pasa nada y aunque dura poco
más de una hora resulta más bien soporífera. Lo bueno, en este
caso, es que el entretenimiento no parece ser uno de los objetivos de
Valérie Massadian. En general, no es un objetivo tener ningún
tipo de concesión con el espectador.
Pocas explicaciones para lo que estamos
viendo: radicales elipsis que nos fuerzan a resituar las
circunstancias. Ni un solo subrayado para enfatizar los momentos
supuestamente graves. Una paciencia pasmosa para mostrarnos la vida
más rutinaria. En definitiva, Massadian, con esta ópera prima ha
decidido desnudarse por completo de todos, o al menos casi todos, los
recursos tradicionales del drama. Lo acompaña de una estética
feísta y del clásico sonido de la naturaleza envolvente al estilo
de los cineastas del sureste asiático, y así es difícil agarrarse a
nada.
Todo para centrarse en su discurso;
pero incluso ahí, aunque maneja varios conceptos, no termina de
rematar con una voz propia -también probablemente como elección
voluntaria. Nos presenta la diferente relación con la naturaleza y
con sus horrores -la muerte animal- que puede tener una niña criada
en el campo, de la que tenemos nosotros (muy en la línea de Bestias del sur salvaje) La vida rural, y como afecta
a la educación. En general, la enorme importancia del desarrollo
social, y como intervienen directamente en la composición de unos
principios éticos básicos, que de esta manera se muestran
completamente relativos. De hecho, casi se puede resumir todo en la
brillante primera escena. Elementos interesantes y una nueva artista
insobornable a la vista. Eso sí, un tostón.