PrometÃa mucho la nueva pelÃcula del surrealista director checo Jan Svankmajer, autor prolÃfico y padre de obras tan interesantes como Otesánek o Los conspiradores del placer. Una lástima que su director no haya sabido actualizar unas ideas propias de una pelÃcula del siglo pasado. Y es que SÃlenà es una pelÃcula desfasada, cuyo discurso narrativo peca de pretencioso y simplista pero que demuestra el buen hacer de un director ya curtido.
No cabe ninguna duda de que el film presenta ciertas ideas interesantes. La referencias al Marques de Sade y al escritor Edgar Alan Poe -más concretamente a un relato del autor de donde saca la idea del manicomio tomado por los locos y a su gran historia El entierro prematuro, llevada al cine por Roger Corman en 1962- son licencias que se permiten a un director como Svankmajer y que demuestran la profusión de su fuentes inspiradoras.
Ciertas escenas tratan de sorprender al espectador, deslizándose entre lo evocador y lo provocativo, pero fracasan al exponer unas ideas y conceptos que a dÃa de hoy nadie se sorprenderá de ver en la gran pantalla. Insulsa resulta la escena en la que se celebra una sórdida orgÃa mientras un improvisado sacerdote inserta clavos en la estatua de un Cristo crucificado. La idea de la negación de Dios, asà como una referencia a la naturaleza como madre cruel e irascible, planea durante un buen rato para dejar paso a una sucesión de extravagancias a cada cual menos acertada. AsÃ, la recreación del manicomio y sus pacientes provoca en la sala una reacción de risa y estupor antes que de asombro. Frente a una primera parte monopolizada por la presencia del personaje de Marqués en la que el film divaga de aquà para allá sin que comprendamos muy bien adonde se dirige, con la llegada al manicomio de los protagonistas y su posterior vuelta de tuerca se hace patente una dicotomÃa que sorprende al espectador por maniquea y anticuada.
SÃlenà se nutre de personajes interesantes y bien construidos, a pesar de que lo errático de alguno de ellos pueda llegar a frustrar al espectador menos paciente y de que no lleguen a resultar todo lo fascinantes que debieran. Destaca, eso sÃ, una sólida labor interpretativa por parte de todo el reparto actoral, con especial mención a Jan Triska en el papel de Marqués. El film consigue mantener el interés por conocer el secreto sobre la verdadera naturaleza oculta del manicomio, pero cuando ésta se desvela -con un resultado más que previsible- se dirige inexorablemente hacia un final que se intuye ya desde el comienzo del film.
La pelÃcula se alterna con escenas animadas protagonizadas por lenguas y pedazos de carne que se hacen francamente pesadas por reiterativas y que adelantan o revisan los sucesos mostrados en el film. Aunque estupendamente realizadas, estas secuencias de unos pocos segundos demuestran la pretenciosidad de un film que ni siquiera la originalidad de su director consigue mantener a flote.
Pero donde SÃlenà fracasa estrepitosamente es en su discurso ideológico. Como el propio Svankmajer anuncia al inicio del film, SÃlenà se centra en la comparativa entre dos métodos de gestión de un manicomio llevados hasta sus últimas consecuencias: La completa libertad frente al totalitarismo, el control y la represión. El problema no radica en el modo en que esta idea se plasma, sino en lo desfasado de su discurso. Las ideas conceptuales de Silenà parecen propias de hace 30 años, misterio que se desvela cuando el director nos aclara que empezó a trabajar en esta obra en los años setenta.
Sin duda Svankmajer plantea el valor del discurso narrativo a través del proceso creador, dejando el resultado como un mal menor de poca importancia, pero lo cierto es que SÃlenà es una pelÃcula que el director ha realizado para si mismo. Le honra su sinceridad y la libertad que concede al espectador sobre la interpretación de su obra pero eso no significa que todos debamos compartir sus ideas sobre lo que es una buena historia y como debe contarse.