El mayor de los Scott (el otro es un gacetillero de tres al cuarto experto en provocar dolores de cabeza) tuvo la fortuna de contar, hace ya un tiempo, con un guión mayúsculo, superior, que a la larga dio en llamarse Blade runner. Aquella profundidad de miras, unida al prodigio visual de Scott, dieron como resultado una incontestable obra maestra. Algo similar ocurrió con Alien, el octavo pasajero. El libreto marcaba perfectamente cada muerte, cada paso de baile. Y Scott supo aplicarle un plus que ningún otro hubiese podido: la atmósfera, cerrada, viciada, enferma.
Yo, en cambio, espero una pelÃcula sólida, con un ritmo implacable, demasiado inclinada a la mimetización de aquel estilo que tanto se estilaba en los 70, no sólo en el trabajo de caracterización y ambientación (lo cual es lógico) sino en el enfoque de cada plano, de cada secuencia, en a luz, en la planificación.