Debo admitir algo gravÃsimo. He huido de la sala cual Begoña del Teso cuando sólo habÃa pasado media hora. Es la primera vez que lo hago en este festival, pero es que uno tiene sus lÃmites. Vale que acepte que vayan a venir pelÃculas de Ãnfimo presupuesto y más si tiene nacionalidad filipina, pero esto ya pasa de castaño a oscuro.
Una calidad de imagen horrible, y cuando digo horrible es horrible. Peor que en el festival de cortos de la comarca (de mi comarca). PodrÃa perdonarles la imagen porque hayan tenido que usar una cámara de videoaficionado (podrÃa, que no lo hago), pero el sonido, con música que salta (y qué música más terriblemente melosa y machacona, con lo bien que suena el silencio, el ambiente, y es gratis) es inaceptable en la era digital que con cualquier viejo ordenador se puede dejar perfecto. Muy mal.
Para contarnos la vida de unos niños, en un semidocumental, que por mucha pena que puedan darme, me niego a aguantarlo durante hora y media. Esperaba este tipo de historia, pero si al menos es suplida por una cierta calidad técnica y una fotografÃa disfrutable, pase. Asà que después de media hora, en la que ya me he hecho una idea de las condiciones en las que viven en Filipinas y en concreto como viven estos niños que tiene que comerse una caminata terrible para ir a la escuela, decido huir despavorido de la sala en una de esas estampidas en grupo tan propias del festival y de la prensa. La cosa no podÃa mejorar. Claro que empeorar tampoco.
Alguno me dirá que no es justo que escriba esta crÃtica sin ver la pelÃcula entera. Puede que tenga razón. En todo caso, yo pongo las cartas sobre la mesa, que muy bien podrÃa haber colado que la he visto hasta el final, allá cada cual si le vale o no este texto. ¡Menuda nos han colocado!