
Debemos dar gracias al Steven Spielberg cineasta por tener la valentÃa de abandonar su cómodo sofá de director de infalibles blockbusters para pisar un terreno resbaladizo donde sabes que, rara vez, las mayorÃas te dedican sonrisas. Y le debemos más y más agradecimientos al Steven Spielberg judÃo, por tener la osadÃa de renunciar al apoyo sencillo de los suyos y colocarse en el centro de la calle, en el fácil punto de mira, también, del "enemigo".
Spielberg es absolutamente todo menos simple y condescendiente. No hay objetividad posible en esta jungla. No buscamos eso, ni tampoco él. Su sabidurÃa está muy por encima de errores tan básicos. Spielberg se planta con su cámara en el centro exacto de la calle y mira a unos y mira a otros. Y les hace mirarse entre ellos. Y les hace verse en su propio reflejo. Y nos hace ver. Y vaya si vemos.
Y vaya si sufrimos. PoquÃsimas pelÃculas me han angustiado tanto en una sala de cine como esta 'Munich'. La cámara al hombro, la fotografÃa tan adaptada a los años en que la historia si sitúa, con esos blancos tan quemados... todo eso se erige en instrumentos infalibles que Spielberg usa como nadie para hacernos llegar la terrible realidad de cada situación, de cada escena, de cada asesinato, para ponernos el corazón en la boca de la garganta. Insisto: reconozcámoslo de una vez por todas, por favor, con UNANIMIDAD: Spielberg narra COMO NADIE, maneja las sensaciones del espectador COMO NADIE. Somos muñecos en sus manos y asÃ, solo asÃ, empezamos a comprender la insalvable situación de su protagonista. O más bien empezamos a dudar, junto con él.
Y, desde luego, me ha supuesto una satisfacción salir del cine y darme cuenta que discutÃa con un amigo acerca del significado real del epÃlogo, esa enigmática escena final que Spielberg sitúa en Nueva York. Son muchÃsimos los méritos estéticos, técnicos, artÃsticos de la pelÃcula (incluso yo le puse una pega a un par de secuencias; nada importante, simples "yo no lo habrÃa rodado asÃ"), pero uno finalmente no habla de eso, aunque lo comente. La conversación, inevitablemente, se dirige a donde se tiene que dirigir. A eso que Spielberg ha querido contarnos.
No tengo otra manera de cerrar esta crÃtica. O, quizas, sÃ, una: Dejar bien claro que me revienta, me jode, leer ahora crÃticas convencionales y comprobar que nadie tiene los cojones de darle las cinco estrellitas de marras. Todos con sus cuatro castrados asteriscos. SÃ, todos dicen que muy bien, qué huevos tiene Spielberg, bravo por él... pero nadie pone lo que tiene que poner. ¿Qué pasa? ¿Es que os sigue jodiendo reconocer la maestrÃa de Spielberg? Da igual. No os necesita, plumillas. La historia recordará a quien lo merece.
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