La pelÃcula arranca con mucha fuerza, sabedora, quizá, de los cánones y patrones al uso que rigen el cine de acción en la zona asiática, con una dirección poderosa, tanto en planificación como en visualidad en su puesta en escena.
Desde el primer minuto sabemos que este director sabe. Está bien, no es una dirección clásica, sino más bien una más rabiosa y nerviosa, pero, ¡ojo! sin caer en el desafortunado tembleque independiente occidental. Quiere mostrarnos todo: desde arriba, desde abajo, en cÃrculos, con largos planos secuencia...En definitiva, con unas ganas de rodar increÃbles.
AllÃ, tras unos inicios con gran titubeo de guión que a veces asemejaba a la señorita Fletcher, se desvela la verdadera esencia del guión, el verdadero sentido de todo. Es la historia de una venganza, sÃ; pero de una venganza que va en dos direcciones. Algo ciertamente estimulante. Y ahà es donde llega la verdadera grandeza de la visión asiática: el patetismo. En las pelÃculas americanas el patetismo no es un elemento que se halle con facilidad, pero sà que se encuentra en el cine asiático. De ahà que, si bien el cine asiático de acción tiene un halo de irrealidad superior, sus personajes son mucho más reales. Y eso me gusta.
La pelÃcula no me estaba gustando en la primera hora, pero ha ido creciendo en grandeza en la segunda mitad de la pelÃcula. Este hecho es el que le arrebata las cinco estrellas, que, considero, no se merece esta pelÃcula. Ahora bien, es gratificante ver tantas propuestas visuales interesantes, tanta energÃa y tantas ganas de querer rodar.