Lo mejor que puedo decir de “The Company†es que Robert Altman dirige con maestrÃa las danzas y los momentos cotidianos. Y no es decir poco. Esos sonidos de las pisadas rápidas sobre el escenario unidos a unos movimientos de cámara audaces y unidos también a la búsqueda del plano aparentemente vacÃo pero que está compuesto de todo. Esa forma de llevar los diálogos de forma irregular y supuestamente descuidada que le otorgan realidad y verdad a las imágenes. Y si digo esto, que ya he dicho que no es poco decir, ¿a qué viene la nota más bajas figurando en mi casillero de opinión numérica? ¿Tan mala puede ser la pelÃcula en el resto de sus aspectos para que desatienda de esta manera mi introducción a esta crÃtica? SÃ, queridos lectores, sÃ, tan mala, o si cabe, peor.
¿Y quién tiene la culpa? ¿Los actores? Nadie destaca pero tampoco son tan malos, ellos básicamente se dedican a bailar. No, aquà la culpable se llama Barbara Turner, guionista, y su culpa es la de olvidarse de un pequeñÃsimo detalle: el guión. En esta pelÃcula toda historia que tenga visos de llevarnos a algo está irrevocablemente destinada a terminar en nada, a disiparse entre saltos y giros. DirÃase que el guión, si lo habÃa, ha nacido de la necesidad de conectar una serie de puestas en escena de diferentes coreografÃas, muy vistosas eso sÃ. Yo, en el peor de los casos, contaba, en mà precrÃtica, conque esto nos llevará a un mundo de esfuerzo y vocación de unos jóvenes con talento. Eso hubiera sido pobre y repetitivo, y esperaba no encontrarme con ello, pero mientras me escurrÃa de mà butaca, tremendamente abatido por esa demostración de la terrible NADA que surcaba tan campante por la pantalla ante mis ojos, ansiaba que comenzara esa triste y pobre historia de esfuerzos y de lucha. Al menos habrÃa sido algo. Creo que es difÃcil encontrar una pelÃcula con tal escasez de imaginación. Ni el joven novato se adapta, ni la gran bailarina Campbell llega a nada que no sea seguir el curso lógico de un camino llano y sin novedades, ni se soluciona de alguna manera su conflicto de pareja (simplemente se nos invita a olvidarlo). Ni el gran jefe McDowell es grande, ni tampoco pequeño, ni exigente, ni visionario ni nada. No es NADA.
Y para colmo nos salpican con esos diálogos de la talla de “¿Cómo has entrado? – Me diste la llave†durante toda la pelÃcula, absurdeces que casi parecen autoparodiarse. Altman no compensa todo esto. Si sólo hubiera sido ingenua, inconexa, mal desarrollada... quizá lo hubiera compensado. Pero era lo peor que puede ser una pelÃcula (y sobre todo una pelÃcula sin mensaje), era TREMENDAMENTE ABURRIDA. Si usted es un amante de la danza, hágame caso, espere al vÃdeo y podrá echar hacia delante los momentos en los que no haya escenario.