Hasta para ser loser se puede tener
clase. Este es el punto diferenciador del pobre diablo de esta
historia con todos los personajes de vidas grises que hemos visto en
cientos de dramas. Su trabajo es rutinario, es un padre pésimo, un
marido aún peor y no parece que tenga ninguna capacidad ni intención
de cambiar esa realidad. En su lugar se inventa un mundo fantástico,
un sueño, una mentira. Si cabe, esto hace más patética su
existencia, pero la clave que le aporta dignidad es que lleva esta
mentira hasta las últimas consecuencias. Su coherencia dentro del
personaje es brutal y en lugar de dejar que la realidad vaya
erosionando esta fantasía, consigue vivir sus vicisitudes dentro de
su filosofía utópica. Por eso este looser es admirable, porque
consigue tornar la mentira en ilusión, la rutina en victoria y
porque convierte un final indudablemente trágico en un broche de
oro, en el último gran éxito de su vida. Esta ambigüedad consigue que la película deje un indeleble poso agridulce.
Para conseguir esta dualidad de
héroe/antihéroe hace falta un actor que dé la talla y el novato
John Mclnerny lo borda. Sus miradas cargadas de seguridad, sus
sentencias roqueras inapelables, su aspecto de perdedor perdido. Si a
esto unimos sus buenas dotes musicales, lo tenemos todo. Es la piedra
angular de la película y funciona de maravilla. Divertido,
enternecedor y emocionante, consigue que podamos empatizar con un
desastre absoluto que está bastante colgado.
Y siguiendo con novatos, tenemos a
Armando Bo, el director, que hace un trabajo excelente. La
introducción con el plano secuencia hasta la primera actuación es
virtuosa sin resultar artificial. Muy al contrario, nos sumerge en
una interpretación con tintes épicos dentro de un contexto que para
nada lo es. En general, todas las actuaciones musicales están rodadas con mucha
fuerza y muchas ganas. Tampoco desmerece en su manera de rodar la rutina. Mezcla
con elegancia la chatarra con el glamour, afianzando la ambigüedad. Habrá que seguir con
interés a este director.