De momento no voy a dejar de ver las pelÃculas de Kim Ki-Duk. Me gustan porque ante todo no me dejan indiferente, me gustan porque me hacen tener que preguntarme si me gustan, y supongo que en definitiva me gustan porque son diferentes.
El principal valor de esta pelÃcula, el que se subraya al final, y sobre el que me preocupaba en la precrÃtica es su ambigüedad entre realidad y sueño. Lo bonito es que no se trata de una excusa para escribir un sin sentido. El argumento, aunque raro, tiene sentido por si mismo y no hay necesidad de recurrir a la ventaja de los sueños. Pero además, y en segundo plano como a mà me gusta, estamos viendo un sueño. Y rodado de una manera más brillante de lo que habÃa visto nunca.
Y asà un sinfÃn de momentos, imágenes y sensaciones dispuestas para ser simplemente sentidas. Y más sentidas con esa fabulosa canción que el protagonista se empeña en poner una y otra vez.