Lo malo de que Polanski haya elegido a Dickens para mostrarnos su propio enfoque es que para ver la última del pequeño gran polaco hay que tragar a la colección de insoportables infantes que se acercan, padre de la mano, a ver un Oliver Twist que no es, ni por asomo, una pelÃcula infantil o familiar.
Un Fagin al que Polanski reserva la escena más emotiva al final del metraje, en una cinta que en general va conociendo un perfectamente regulado crescendo de emoción, con un ritmo sobrio y sin baches que deja por el camino varios momentos realmente brillantes, como el precioso ballet, sin cortes, casi en plano fijo, con el que Fagin muestra a Oliver cuáles son los talentos de sus infantes alumnos/trabajadores.
Es un placer descubrir que el genio polaco continúa en buena forma a su edad, que su identidad es mayor que nunca y que es capaz de elevar su voz sin estridencias por encima de una personalidad mayúscula como la de Charles Dickens.