A pesar de que nadie a mi alrededor califica esta pelÃcula con la excelencia de las cinco estrellas, no puedo más que revolverme en mi pequeño universo para gritar a voces las cinco estrellas que espero de la última pelÃcula del quizá, para mÃ, el director más interesante del panorama actual: Ang Lee.
Sus pelÃculas, lejos de buscar elementos comunes, nos han mostrado a un talentoso director que es capaz de revolucionar aquello que toca. Los ejemplos más claros son Hulk y Tigre y dragón. Pero es que también es capaz de tratar una pelÃcula desde la sensibilidad como Brokeback Mountain o lidiar con un clásico como Sentido y sensibilidad, o esas joyitas que son Comer, beber, amar y La tormenta de hielo.
Y digo que no existen lugares comunes, aunque quizá haya hablado demasiado rápido, ya que todas sus pelÃculas retratan una cosa: la pasión. Y quizá esta pelÃcula premiada en Venecia y apartada de la lucha por los Oscars sea el corolario de ese retrato tan enfermizo y elegante de la pasión.
Comenta el crÃtico convencional Boyero que esta pelÃcula contiene el mejor polvo del Cine desde Ãtame, quizá por ello en China hayan afilado las tijeras de la censura.
Pero lejos de esa pasión, quiero centrarme en la finura y sensibilidad de la dirección de Ang Lee, un director que hace de los detalles una sinfonÃa de los sentidos. Quiero esa lentitud, esos detalles, una pasión que se va colamando poco a poco y que se desborde en una contemplación de la misma pausada.
La fotografÃa de Rodrigo Prieto y la banda sonora de Alexandre Desplat serán más que claves, asà como la actuación del rey de la parsimonia, Tony Leung, y la presentación en sociedad de Tang Wei, una actriz novata elegida tras un monstruoso casting que no ha hecho más que concitar aplausos por su trabajo.
Necesito que Ang Lee me haga sufrir y me excite en la butaca.