Vaya por delante que, musicalmente, La flauta mágica es un disfrute. Por supuesto, cada cual tendrá sus partes y sus arias preferidas, y no menos cierto es que alguna pieza intermedia es más floja que algunas otras. No todo puede estar al nivel de la obertura, del duettino de Papageno y Papagena o del quinteto de las tres Damas, Tamino y Papageno. O del aria de la Reina de la Noche, no por conocida menos disfrutable. Pero La flauta mágica, en su conjunto, es una ópera de lo más ligera, fresca y deliciosa. Pura chanza, a menudo.
Y aquà entra Branagh, con su misión de poner en imágenes la ópera. Y lo hace sin firmar una pelÃcula, sino una suerte de puesta en escena audiovisual de la obra de Mozart. Lo que es innegable es que lo hace con una permanente atención al lenguaje visual, precisamente, aprovechando todo tipo de encuadres, movimientos de cámara y continuos escenarios digitales, que responden de manera un tanto irreal (pero muy coherente con el tono de la adaptación) a su hambre de grandes planos.
Una lástima, las cosas como son, que no haya sabido Branagh sacarle más provecho a momentos clave de La flauta mágica como la citada aria de la Reina de la Noche, donde el mareante montaje confiere un aura de lo más marciana a la secuencia, pero queda lejos de lo que ese fragmento pudiera haber ofrecido. Algo parecido ocurre con el "pa, pa, pa, paaa" entre Papageno y Papagena, que pedÃa algo más brillante a gritos. Y eso que habÃa empezado muy bien con Papageno bailando con la soga al cuello. ¡Maravilloso!
Brillante... y extravagante. Fallida, quizás, pero habÃa nacido para eso. Un disfrute de lo más irregular. Y sólo, ¡sólo!, si disfrutas de la ópera de Mozart.