Tiene un gran problema la nueva pelÃcula de Sofia Coppola: lo que le interesa no es MarÃa Antonieta, sino una adolescente cualquiera en plena ebullición hormonal, encantada de que los chicos le miren, de elegir el color y el traje adecuado, del peinado de cada dÃa y de saltar de fiesta en fiesta. Sobre todo en la segunda parte de la pelÃcula, el hilo se pierde y todo trasfondo histórico desaparece; no es que quede en segundo plano, no, es que directamente no importa nada y bien podrÃamos estar viendo a una hermana Lizbon (de Las vÃrgenes suicidas) en vez de a la reina de Francia.
A esto hay que añadirle el problema bien gordo de que, cuando a la Coppolina se le empieza a ir la mano con sus imágenes de anuncios de colonia, sus flores, su fotografÃa quemada y su banda sonora de ritmos reiterativos, la pelÃcula aburre, aburre y aburre.
Y la pelÃcula empieza con ese largo viaje, prolongado, bien dilatado por la directora. Con ese empleo de la música, anacrónico pero medianamente interesante al comienzo de la pelÃcula, si bien las escenas en las que la banda sonora mejor se acoplan son precisamente aquellas en las que Sofia Coppola se decanta por la música clásica (cada mañana, cada despertar de la delfina: notable Kirsten Dunst; muy bien todos los actores, en general). Muy gracioso el gag de MarÃa Antonieta desnuda esperando a que, por fin, el protocolo permita que alguien la vista de una vez.
Pero a la modernita banda sonora le acaba ocurriendo lo que a la directora, que se pierde. El rey muere y no tarda demasiado la reina en dar a a luz, y la pelÃcula pasa a otra cosa. Se acaban las intrigas palaciegas, los chismes, los odios, las miradas cruzadas. Y llegan los anuncios de colonia y de compresas. Y mientras las canciones antes aportaban cierta energÃa, aunque fuesen sobre todo usadas en interludios musicales (que si los pasteles, que si la ropa, que si los zapatos), finalmente se pierden en una sucesión de ritmos repetitivos que se afanan por dotar de cierta atmósfera a los minutos más aburridos de la pelÃcula.
Parece que la Coppola intenta, antes de que se le vaya todo al traste, reconducirnos al entorno histórico de sopetón: El pueblo tiene hambre, hemos gastado todo en ayudas a los norteamericanos, el pueblo está furioso. Para empezar, Ãrsele ya se le fue de las manos. Llega tarde. Para seguir, Sofia no nos engaña, lo que le interesa no es eso, sino cerrar la historia de su personaje, de su querida adolescente, de su hermana Lizbon, de su jovencita perdida en Japón, donde conoce a un talludito actor de Hollywood.
Un resbalón, desde luego. ¿Un proyecto pretencioso que acaba en fiasco? Quizás. Pero tampoco quiero olvidar que está cargadita de secuencias fabulosas.