La Mala Educación ni siquiera se detiene en esos abusos. Ni siquiera exiset una velada indignación, o una acusación, un dedo que señale. Almodóvar los emplea como una ruedecilla más del engranaje.
Tampoco me trago las razones de los personajes. Es cierto que Juan, ese falso Ignacio que interpreta Gaelito, tiene fuerza, tiene misterio (¡ojalá hubiera elegido Minghella a alguien más parecido a GarcÃa Bernal que a Damon para su Ripley!). Pero las razones que le mueven me resultan, cuando menos, desproporcionadas. Veamos: No se escandaliza ni un ápice al ver o hablar con el cura que, lo sabe perfectamente, abusó de su hermano cuando niño. ''Córtate, que no soy Ignacio, eh'', es lo único que le dice, pasivo, ante un primer intento de seducción del padre Manolo. Y, de hecho, luego consiente.
Y sin embargo, ese mismo personaje al que no afecta un caso de abuso sexual a menores vivido en su propia familia, considera insoportable e impermisible la situación de su hermano, yonki transexual, y que roba a su madre para poder saciar su mono. Tan inaguantable que finalmente estima inevitable... ¡tener que matarle! ''No creas que no me duele, pero no queda más remedio'', alega. Sufridor.