Una sonrisa complaciente, una continua sensación de agrado, eso es lo que acompaña a uno mientras duran las dos horitas de Rocky Balboa. Se deja ver la mar de bien esta sexta pelÃcula del púgil que, en verdad, podrÃa formar un dÃptico con la primera, y olvidar asà la morralla intermedia. Un dÃptico con un gran espacio de separación entre sus dos partes. Primero, el don nadie que acaba siendo campeón del mundo. Luego, el campeón del mundo que ahora es un padretón ya talludito, una vieja gloria olvidada que quiere demostrar que, pese a su edad, sigue siendo igual de válido.
En su apelación al lado emocional del espectador, a pesar del enfoque diferente que los años implican, Rocky Balboa sigue exactamente el mismo camino que su predecesora. Te anima a ponerte del lado del superviviente, del corajudo, del que lleva la palabra campeón escrita en sangre y en sudor en su mente, le digan lo que le digan los demás.
Por lo demás, la pelÃcula mantiene sus temas musicales e incluso recupera el viejo sistema: La oportunidad. El apoyo de los seres queridos. Los sucesivos entrenamientos, en imágenes que se encadenan al son de la famosÃsima fanfarria. Rocky con los brazos en alto. La noche del combate.
En definitiva, es una pelÃcula que ya habÃamos visto, para que nos vamos a engañar, pero ha sido agradable recordarlo. Eso sÃ, ojalá alguien convenciese al amigo Stallone de que Rambo ya no es necesario. No. Por favor. ¡A ver si alguien está aun a tiempo de persuadirle!