Zatoichi no está dirigida al público más sensible, la violencia promete ser dura, pero sin duda atesora una gran sensibilidad en sus sugerentes imágenes y diálogos. Al más puro estilo japonés, bello en su estética y en sus planteamientos.Zatoichi no está diseñada para los amantes de pelÃculas de época, es la primera vez que Kitano aborda una pelÃcula ambientada en el siglo XIX, pero sin duda el trabajo se ajusta perfectamente a las exigencias históricas.
Zatoichi no está concebida para amantes de la acción y de los manporros a tutiplén, pues no cabe duda que este público se aburrirá enormemente en los momentos dedicados a la estricta tradición samurai, al diálogo trascendental y demás singularidades del género. Pero no podemos dudar que nos vamos a encontrar con los más emocionates combates.
Zatoichi no espera cautivar a los amantes del realismo, ya que, está claro que nos vamos a encontrar con increibles situaciones de la mÃnima credibilidad. Sin embargo, es posible que descubramos más mensaje en el fondo, a veces metafórico, que en la más cotidiana pelÃcula de Ken Loach.
Zatoichi quizá disguste a los más puristas seguidores del género. Quizá Kitano se mueva más cómodamente entre pistolas que entre espadas vengadoras. No esperemos una rigurosa representación de las pelÃculas de Samurais, pero seguro que encontraremos guiños a Kurosawa, y un respeto desde la diferencia de conceptos de su director.
Zatoichi no es "El útlimo Samurai", seguro que aquà el bueno no es tan bueno, y seguro que los momentos amargos no van acompañados del terrón de azúcar. Seguro que se aleja de los criterios de Hollywood. Todo esto con todos mis respetos a la pelÃcula de Edward Zwick, que me pareció suficientemente correcta. Zatoichi no es el último samurai, aun vendrán más como él.
Creo que Zatoichi sà gustará a quien simplemente quiera ver una buena pelÃcula, de uno de los más influyentes realizadores orientales, basada en las novelas de Kan Shimozawa que ya alcanzaron un gran éxito en Japón en los 60 y 70. Yo personalmente, me dispongo a disfrutar como un niño, y a la vez, admirar como un adulto la forma y el por qué de las cosas.