La carta de Salomón Shang


04 de Diciembre de 2009
por William Munny

Ni entro ni salgo, simplemente dejo caer esta carta protesta del director Salomón Shang entorno a su próximo estreno, la semana que viene, Cinéclub.  Otras películas (Carl Gustav Jung, La zona Tarkovsky, Reencarnación o la próxima a estrenar también La leyenda del inombrable). Creo que no tardaré en investigar esto.

CARTA DE SALOMÓN SHANG, DIRECTOR DE "CINÉCLUB"

"Cinéclub, la única película catalana del 2009 rechazada por parte de la Generalitat de Catalunya (ICIC) y TVC"
Mi película CINÉCLUB parece resultar la única película catalana que va a ser estrenada durante el año 2009 que ha sido rechazada por parte de la Generalitat de Catalunya (ICIC) así como por parte de TVC. Es un film pequeño, por supuesto, pero tan pequeño que no ha recibido ni la ayuda que todos los ciudadanos catalanes que realizan películas en este país perciben habitualmente. Y es que no he tenido el honor de que mi pequeño film sea considerado como otros tantos catalanes sí subvencionados como: "Trash", "A la deriva", "No me pidas que te bese...", "Soy un pelele", "La Kasona" o "Dos billetes".

La administración catalana humilla económicamente de manera sistemática a aquellos que son demasiado rebeldes, que no parecen divertirse jugando al mismo juego de todos. Todas las distribuidoras pagan a un sinfín de expertos en cálculos numéricos, analistas de mercado y otros muchos especialistas para predecir y diseñar estrategias. Sin embargo, los mayores éxitos suelen ser películas descartadas originariamente por considerarlas "excesivamente". ¿"Excesivamente" ¿qué? Excesivamente original, excesivamente predecible, excesivamente madura, excesivamente infantil, excesivamente lenta...

Como dijo Harry Cohn, "uno sabe cuándo una película va por el buen camino por una sensación en el culo". Estoy con él. Porque, al fin y al cabo, la decisión de dar o no luz verde a una película corresponde a una o dos personas de la cadena de mando, que utilizan su simpatía o antipatía hacia los que realizan el film como criterio fundamental para aprobarlo o no, tanto en las subvenciones como en la televisión.

Los directivos de la administración catalana así como de la televisión en Catalunya, que en la actualidad proceden en su gran mayoría del mundo de la gerencia más que del mundo del espectáculo, nunca han tenido la oportunidad de aprender a confiar en sus instintos. Por eso ahora la industria del cine en Catalunya está plagada de datos de taquilla. ¿Qué tienen de malo los estudios de taquilla? No sirven para nada. Si sirvieran, habría fórmulas que no existen. Pero alto ahí: ¿no es de sentido común tener en cuenta las recaudaciones pasadas de un cineasta para otorgarle un proyecto, en el caso de las administraciones? Y ¿preguntar a un espectador potencial si vería tal o cual película, en el caso de los estudios que realizan las televisiones? Puede que sea de sentido común, pero es inútil. ¿Por qué? Porque existe, y sobre todo debe existir, una clara diferencia entre la peluquería y la sala de deliberaciones de una comisión.

En la peluquería, en el salón de belleza, el metro y demás, cotilleamos. Nos divierte mucho sentirnos más infalibles que los principales implicados, ver los errores de los famosos, de los magnates del país acusados por corrupción. Formamos y expresamos vehemente opiniones basadas en información incompleta y, muy probablemente, sesgada o incluso fabricada. ¿Y por qué no? Ése es el propósito y la alegría del cotilleo: fortalecer las normas de la comunidad a través de un discurso esencialmente dramático.

En una comisión, sin embargo, tenemos un propósito honesto y altruista. Nos esforzamos, individualmente y como grupo, por dejar de lado los prejuicios, los placeres del cotilleo, del ejercicio del poder, la venganza indirecta, etcétera, y por actuar conforme a un conjunto de reglas.

Una y otra vez se alecciona y amonesta a las comisiones para que apliquen la razón, porque así lo exige lo que hay en juego: el destino o la condición de muchos seres humanos dependientes de que una película se realice o no.

En un estudio de audiencia o en una comisión para la concesión de subvenciones, la situación se invierte. La valoración del drama, tarea consagrada a una clase de cotilleo, se ha degradado hasta convertirse en un simulacro de juicio contra el cineasta. El que realiza el estudio insiste en que dejemos de lado no sólo nuestras reacciones personales sino también, necesariamente, las embrionarias ante un drama y que apliquemos una norma idealizada de comportamiento humano.

Esta norma es idealizada tanto en la proyección de un supuesto espectador imaginario, como en nuestra propia autoidealización. Ya que entonces, cualquier miembro de una comisión o incluso, el espectador encuestado se pregunta no sólo: "¿Es ésta la clase de película que me gusta?" y "¿Es ésta la clase de película que le gustaría a alguien como yo?, sino también, más corrosivamente: "¿Es ésta la clase de película que alguien como yo declararía que le gusta?".

En este punto, cualquier experiencia subjetiva de la película es eliminada por la razón. ¿Qué queda? La capacidad de alabar o amonestar, y ambas equivalen a la muerte para cualquier arte.

Se ha convertido al espectador en un ser conformista y estrecho de miras, en responsable de la película más que en un miembro del público. Y cómo nuevo miembro de un jurado, por supuesto, optará por el camino más seguro. ¿Cuál es el camino más seguro? Excluir racionalmente lo que no puede explicarse. Ése es el camino más prudente para un miembro de una comisión o un individuo encuestado, y por eso han sido reclutados. Su rechazo a dejarse conmover por una película, su propensión a declarar anatema lo perturbador y desacostumbrado, ha liberado de la responsabilidad del gusto, es decir, de la elección, al atribulado burócrata de la administración.

Creo que para interesar, una película debe tratar al público como a público, no como comisario cultural. El comisario obtiene satisfacción con el poder de amonestar, no con la película o el guión. Así pues, ¿tengo que hacer caso a mi culo?, Seguro. ¿Debo hacer sólo las películas que la administración tenga a bien financiarme? Indiscutiblemente, no. ¿Pierdo dinero? Todo. ¿Fracaso habitualmente? Sin duda. Tanto artística como comercialmente. Pero (a) no me queda más remedio y (b) ya que mis decisiones finales son esencialmente subjetivas, trato de aprender a confiar en mis instintos.

¿No es necesario calibrar al público? Claro que sí. La manera de hacerlo es sentarse al fondo del cine mientras ven la película y observar sus reacciones cuando proyectan la atención fuera de sí mismos; ésa es la manera de ver si la película, y cualquier parte de ella, funciona o no. Nunca veo a los miembros de la comisión sentados en esa última butaca.

Pues ése es el estado en el que se encontrará el futuro espectador: suspendida la incredulidad, con la atención en la pantalla, deseando sentirse emocionado, complacido y distraído, sumando sus esperanzas a las del personaje; para llevar al espectador a este estado, uno no puede depender de los gerentes de la administración ni preguntarle su opinión al espectador, sino que debe prestar atención a sus actos.

Salomón Shang





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