Arranco aquí una serie de publicaciones en mi blog con las que, simplemente, pretendo ir repasando algunas de aquellas escenas que más amo, que más recuerdo, que más reviso, que más he disfrutado. Textos no demasiado extensos, simplemente un recordatorio, una manera simple de ponerlo en común porque, seguramente, en muchos casos coincidiré con algunos de vosotros.
Por supuesto, siempre os adelantaré el título de la película a la que pertenece la escena porque lo último que debéis hacer es verla si no habéis visto antes la película. ¡Jamás!
Aclarados estos puntos, arranco con la que quizá sea mi escena preferida de Magnolia. O al menos una de ellas. Una película redonda, una muestra visceral del enorme talento de, quizá, el mejor director de las nuevas generaciones: Paul Thomas Anderson. En esta secuencia, de la mano de Aimee Mann y de los personajes principales de la película. Una maravilla.
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