Jaime Rosales: "La solución no puede gustar a todo el mundo"


23 de Septiembre de 2008
por Iñaki Ortiz

Jaime Rosales presenta su polémica película Un tiro en la cabeza en el festival de San Sebastián. Esta polémica no viene ya sólo por la temática delicada del film sino también por el tipo de cine experimental sin concesiones, que el propio director sitúa entre el cine clásico, el cine mudo y el arte moderno. No hay muchos fotógrafos acechando, pero si muchos periodistas con ganas de intercambiar unas palabras con el director, desde puntos de vista bien diferentes, unos le felicitan y algún otro se indigna porque el dinero público vaya a parar a esta película. Se habla también mucho de política, aunque el director recuerda siempre que él no es un político ni debe, por tanto, aportar soluciones, se declara como un artista sensible a los problemas sociales que quiere estimular y facilitar la reflexión.

¿Esta película está realizada para el público? El director considera que sí, cree que le debe devolver algo a la industria después del éxito de los Goya. Se trata de una película para el público pero también cree que el lenguaje del cine debe evolucionar, en este sentido piensa que puede tratarse de una película para el público del futuro, que tendrá una alta conciencia social. En todo caso, asume que si el público sale de la sala disgustado es que algo ha hecho mal él. Pero si soy complaciente también está mal.

El estilo tan peculiar de esta película tiene un objetivo: remarcar la importancia del gesto y dejar de lado la palabra. Considera fundamental haberla rodado así aunque no sabe muy bien por qué, fue alto intuitivo. En una sociedad que está politizada, polarizada, los ciudadanos somos más moderados que los políticos. Quería remarcar las similitudes entre las personas, aunque tuvieran una ideología diferente. Considerar al otro como alguien que pueda aportarnos su visión aunque a veces sea difícil.

Sobre la manera en la que se ha realizado esta película, cuenta como daba una indicación a los actores del tono emotivo de la escena y ellos decidían de lo que hablaban. Debía ser algo con interés real para ellos. Cuando ya llevaban un tiempo hablando y habían olvidado un poco a la cámara, Rosales empezaba a grabar. El protagonista, un actor no profesional, se relaciona con personas cercanas a él. Su familia está interpretada por su familia, su amigo por un gran amigo, los desconocidos por desconocidos. El actor, Ion Arretxe, admite que lo más difícil fueron las escenas en las que tenía que mostrar una actitud concreta.

La película no se entiende si se substrae la ideología, mientras que si inyectas la ideología en la película, se comprende. Por eso es posible que en otros países no se entienda bien (nos cuenta que va a ser presentada en festivales de Londres, Paris y Nueva York), aún así, el director desechó mostrar un texto inicial. En cuanto a este tema también lanza su reflexión: la película habla sobre el absurdo, si para entenderla hace falta la ideología es que esta ideología es algo absurdo.

La película es en parte cine y en parte arte moderno, según el director. De hecho se va a estrenar también en el museo Reina Sofía. Rosales considera que es posible que moleste al espectador de cine y al visitante del museo porque la obra no es enteramente para ninguno de los dos. Es una obra mixta.

Nunca había sentido un impulso especial para hacer una película sobre ETA. El arquetipo no le interesaba, pero en este caso, ha ocurrido un hecho excepcional, lo que le lleva a hablar sobre el absurdo. Esto sí le interesa. Considera que su película sí es útil, aunque no sabe en qué medida.

Uno de los periodistas ataca al director, y se indigna porque el dinero de sus impuestos sirva para filmar una película como estas. Entre otras cosas le molesta un gesto de ternura de una de las etarras. El director responde calmado. Siento haberle herido su sensibilidad, soy consciente de que me muevo en el terreno del sufrimiento. Es mi deseo acabar con él. Considero un fracaso mío no haberle gustado, pero tampoco puedo pretender gustar a todo el mundo. El resto de la sala aplaude, después de haber silbado ciertas actitudes de quien pregunta.

El miedo.

Jaime Rosales asegura no tener miedo. Si hubiera tenido miedo no hubiera hecho la película. No hay que tener miedo, ni a esto ni a nada. Aunque confiesa que a veces si que ha tenido miedo, y que sigue teniendo un poco. A veces ando por Donosti y miro hacia atrás, pero entonces lo desactivo.

Habla de sus dos facetas, como ciudadano y como artista. Como ciudadano quería ofrecer una idea nueva, una esperanza. Se han utilizado muchos resortes de la democracia pero no todos. Habla de escuchar al otro de apartarse de la radicalidad. Como artista le interesaba solucionar un problema lingüístico de una manera que pueda estimular al cinéfilo.

Dice tener amigos en todos los partidos, PP, PSOE, CIU, HB... y que no son tan diferentes. Nos gustan las cañas, las mujeres a unos o los hombres a quien le gusten los hombres, se preocupan por el colegio de sus hijos... Es falso que no tengan nada en común.

No tiene la solución, y su mensaje, dice, puede ser ingenuo. Pero lo que sí asegura es: la solución tiene que ser lo suficientemente buena como para no satisfacer a todos. Si alguien cree que cumplirá todas sus expectativas, esa no es la solución buena. En cuanto a sus reflexiones asegura: no tengo la pretensión ni la lucidez para hacer una reflexión sobre la sociedad vasca, no la conozco en profundidad, no puedo saber como es.

El actor asegura tener una gran fe en su director (fue el director artístico de La soledad), y sentir una especie de resorte que le indicaba que debía aceptar este papel. Si no me lo propone, le digo "esto te lo voy a hacer yo y te lo voy a hacer bien". Sentía que tenía que dar la cara, como vasco que soy. Lo que también recibe aplausos.




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