Los jueves del Trueba: Ciclo Haneke


06 de Diciembre de 2013
por Iñaki Ortiz

En San Sebastián tenemos la suerte de contar con Los Jueves del Trueba, una iniciativa que nos está trayendo muy buen cine, entre clásicos, pases con el director y demás eventos cinematográficos fuera del circuito habitual. Entre las muchas cosas interesantes que podemos ver estos jueves, tenemos un ciclo de Michael Haneke que nos acaba de ofrecer su tercera película, áspera ya en su título, 71 fragmentos de una cronología del azar. Sin ánimo de pisar el ciclo Haneke que venía escribiendo mi compañero Hypnos, que ya ha hablado de las dos primeras, también vistas en este ciclo, aprovecho el visionado en pantalla grande para comentar un poco la película.

Sangre

Cualquiera que haya visto alguna película de este director habrá comprobado rápidamente que se trata de un cine árido, sin ánimo de ofrecer ninguna concesión cómoda al espectador, y con una mirada dura, incisiva. Esto en sus primeras películas es quizá más palpable. Son obras que no dan tregua, que además exigen un esfuerzo notable por parte del espectador. En este caso, la estructura se concibe tal y como se describe acertadamente en su largo título. Son 71 fragmentos, separados por cortes abruptos a negro, que cuentan una historia de forma desordenada. No es tanto un desorden temporal como el que acostumbraba a presentar Iñarritu, es un conjunto de piezas de un retrato coral, que se yuxtaponen rompiendo el hilo dramático. Algo parecido comentaba de una de las películas más interesantes de la reciente sección oficial de Venecia, Die frau des polizisten, que ahora comprendo que ha debido beber bastante de aquí. Al dividir de una manera tan aislada los fragmentos -en ambas películas- se consigue restar importancia al argumento tradicional y potenciar así el retrato de algo general.

Algunos de estos fragmentos tienen elementos argumentales, pero son los menos. La historia trata un hecho real de un tiroteo, que se explica al principio, y nos muestra los hechos anteriores. Algo parecido haría años después Gus Van Sant en Elephant, o si vamos a un ejemplo más reciente y de considerable menor calidad, Fruitvale Station de Ryan Coogler. Aquí, como en los dos casos citados, apenas hay elementos de trama, ya que no hay un móvil como tal; la mayoría de los fragmentos son retratos contextuales.

Jugando junto al tren

Haneke es un especialista en diseccionar la sociedad. Aquí invierte gran parte del metraje en hacer hincapié en la violencia que nos rodea y en la apatía general. Es una constante en su cine usar la televisión para contraponer las noticias más atroces con los problemas menores del europeo medio. Las barbaridades de la guerra de los Balcanes, pobreza, violencia... Alternadas con noticias del caso Michael Jackson, un circo mediático patético puesto al mismo nivel que los crímenes de guerra. Nos muestra la violencia doméstica asumida, el drama infantil. Nos coloca en el punto de vista de un crío que entiende la realidad hostil como algo cotidiano. Y cuando termina de apretar su afilado bisturí contra la carne de la sociedad austríaca -y por extensión, del primer mundo- nos muestra a una opinión pública atemorizada, confusa, extrañada, por tres muertos en un tiroteo sin sentido. Toda la violencia real que consumimos cada día en las noticias y la que vemos a nuestro al rededor es asumida con normalidad por terrible que sea, pero el crimen sin explicación aparente golpea de un modo exagerado. Algo parecido explica Joker en El caballero oscuro, en uno de sus monólogos.

La película también se centra en el asesino. Sin necesidad de cargar las tintas con situaciones forzadas, Haneke nos transmite perfectamente la tensión creciente contenida en el personaje. Un fragmento tan sencillo como es el del entrenamiento de ping pong contra la máquina, refleja con una increíble maestría su presión y su angustia. Realmente uno desea que ese plano termine porque resulta psicológicamente agotador. Como ese hay otros planos, aparentemente inofensivos, pero con una carga de tensión mayor que muchas películas de terror. Utiliza en otro momento las indicaciones del entrenador, con otro fragmento sencillo donde vemos una grabación y las voces vienen de fuera de plano. Una vez más sentimos toda la presión social que puede hacer estallar a este personaje. Una sociedad dura, apática, que, como el cine de Haneke, no da aliento.

El ping pong según Haneke

Está rodada con un pulso que solo un cineasta enormemente seguro de sí mismo puede conseguir. El plano sostenido de los créditos, con el camión avanzando por la autopista, sin ser nada, tiene una atmósfera de thriller. El sonido constante, los tonos apagados, la consciencia de lo que supone ese viaje. Recuerda a los largos planos desesperantes de Brillante Mendoza en Kinatay. Y es que viendo las primeras películas de Haneke uno se da cuenta de que, en muchas ocasiones, él lo hizo primero.

Qué gran acierto la programación de este ciclo.




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Tags: Michael Haneke



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